«¡AY, YA YA YAAA…!». Cómo extraño escribir…
«¡AY, SHA SHA SHAAA!». Qué difícil puede llegar a serlo… pa’ mí.
Cada vez que dejo de escribir aquí, de mí para mí, sé que algo sucede, algo se ha desordenado en mis tiempos, en mi rutina… sí, en la vida y que ahora necesito poner viva atención.
Odio la rutina, odio la monotonía. Y en realidad existe este afecto, porque detrás de ello, hay un sincero y profundo miedo a ellas. Son la fórmula más nítida para acabar con la vida de la propia vida.
«Algo sucede, Neshto, algo SUCEDE…».
Hace una semana amanecí por «sorpresa» con una fuerte contractura en hombros y cuello. Soy re conocedor de estas contracturas, las he tenido toda mi vida, ahora mucho mucho menos que antes. Pasan los días, y los nudos en el cuerpo no de disipan, van incrementando paulatinamente hasta que encuentro difícil hacer ejercicio, pero no fue éste el que ha provocado aquél malestar, lo sé. Este «Post-Doctorado en Contracturas» que he conocido toda mi vida, también ha venido con la sensibilidad de reconocer qué lo puede ir ocasionando.
Contaba con dos hipótesis… bueno, en realidad las llamaría «hipótesis en negación». Son éstas cuyas razones o motivos no han quedado tan inconscientes en realidad; sabemos de su existencia, mas preferimos pasarlas de largo puesto que reconocerlas conllevaría que hagamos una pausa casi absoluta de nuestro estilo de vida.
En cambio, mis hipótesis conscientes y por supuesto muy ciertas, eran atribuidas al trabajo, a su carga e intensidad. Además de que es importante hablar-escribir, que en la profesión de la psicoterapia, aquellos que la ejercemos estamos frecuentemente expuestos a la violencia… sí, los mismos pacientes llegan a violentarnos. Y venía de más de seis meses, en los cuales requería manejar conductas violentas dentro de la consulta.
Mi cuerpo le dolía. Recuerdo la oración exacta que le dije a mi propio terapeuta: «estoy sufriendo…». Y eso era muy cierto, ya me encontraba experimentando un dolor muy profundo de manera física y emocional. EN REALIDAD ESTABA SUFRIENDO.
Esos motivos, en realidad ya no eran hipótesis, sino una severa realidad. No obstante, aún seguían flotantes aquellas «hipótesis en negación».
Mi cuerpo, no sólo se encontraba en un gran dolor derivado a la naturaleza de mi profesión, ya que había algo más, algo para lo cual sabía que estaba preparado, pero no contaba con la energía o vitalidad suficiente para atenderlo.
El día de ayer, 28 de septiembre del año en curso, adelanté mi sesión de fisioterapia, puesto que la contractura en mi cuerpo había escalado, y ahora estaba provocándome vértigo. Ni tan inconscientemente, sabía que la sesión sería compleja en un nivel emocional.
Comenzó el masaje, «tronando lo que tenga que tronar» #AyYaYaYaaCómoMeDuele y las «hipótesis en negación» se abrieron camino.
Había encapsulado otro dolor, de esos que piden de manera bondadosa de ti, que te obsequies el permiso de desmoronarte. De tocar fondo, de dejarte llorar hasta que éste expire todo el aire en tu cuerpo.
Mientras mi fisioterapeuta deshacía cada nudo, más recuerdos emergían. A lo largo del masaje, le dije en voz alta: «no suelo gritar como tus otros pacientes, ¿verdad? Me suelo aguantar el dolor, ¿no?». Y el respondió: «Así es, te guardas el dolor».
Desde hace años, varias personas me decían que yo era de aquellas personas con un umbral del dolor muy alto. Y de principio, yo lo veía como un atributo, algo que me podía hacer distinto del resto de una forma curiosa.
Al transitar los años, esta percepción ha evolucionado también. Partí a darme cuenta que en realidad, esto puede ponerme en peligro, puesto que no debo prolongar un sufrimiento persistente en mí durante más tiempo. Otra forma de expresarlo de manera coloquial es «estiraba la liga hasta que reventaba».
Pero el umbral del dolor alto, no se desarrolló así por nomás. Sé muy bien de sus inicios, de sus primeros cimientos…
Cuando yo tenía entre seis y siete años, fui víctima de violación durante mucho tiempo. Con la nula intención de traumatizar a quienes obsequien de su tiempo para leerme, no entraré en detalles, mas lo único que pudiera referir de estos episodios y la manera en que pudiera resumirlo sería esta:
Era sentir que alguien me apuñalaba una y otra vez mientras yo sentía cómo el cuchillo penetraba mi piel, mis órganos… Observaba el rostro de quien me estaba asesinando. Era testigo de mi propia muerte, sentía en tiempo real el dolor físico, uno agonizante… Mas nunca moría. Y a la semana siguiente sabía que volvería a presenciar mi muerte, el cuchillo, el desmenbramiento… Pensando siempre que ese momento, sería el último de mi vida. Era un bucle perverso, que iba acabando con la vida de la propia vida.
Sin embargo, como todo en la vida, no es la única experiencia que ha estimulado este umbral del dolor. Pero eso lo dejaré para otra ocasión… mis perros están dormidos en este momento y cuando ellos lo hacen, es una oportunidad para que Papá pueda tomarse una siesta; por ello, me estoy aproximando al final de este escrito.
He aprendido hasta ahora, que ese umbral del dolor alto, en realidad es un disfraz para ocultar una disociación que viví, la cual me permitió sobrevivir a dolores físicos, emocionales y psicológicos inimaginables. El umbral del dolor, fue una adaptación, una ayuda de mi increíble y amoroso cuerpo, para protegerme.
El umbral del dolor alto, se volvió una manera en la que aprendí indirectamente, a que yo debía sacrificarme, porque yo podía soportar el dolor y éste jamás me mataría.
Fue así, que hace ya casi siete años, comencé a practicar meditación. Comencé a estudiar toda teoría que me encontrara sobre la psicocorporalidad. Comencé a platicar con mi cuerpo. Descubrí, las experiencias místicas más amorosas, gracias a él, el gran equipo con el que he venido a la tierra. MI CUERPO.
Les estoy tan agradecido, que siempre que necesito alguna respuesta o perderme en el «no saber», sé que puedo acudir adentro de él. He aprendido que él tiene su propia lengua, es maravillosa, curiosa, es trascendental, mística y por ende, sumamente espiritual.
Mi cuerpo no me revela algo de lo cual no estoy listo para recordar o atravesar. Él es siempre sabio y siempre busca lo mejor para mí. El hecho de que yo comenzará a trabajar más recuerdos de aquél suceso traumático, no es porque mi cuerpo me empujara a un vacío, sino que él me estaba avisando a su magnífica manera: «ya estamos listos, como el equipo que somos».
Él, sólo necesitaba algo de mí, que yo tuviera la energía, la vitalidad suficiente y el espacio, para que juntos pudiéramos entrar en la experiencia interna de lo vivido, o de lo vivo. Por ello, gracias a su infinita y compasiva sabiduría, le escuché y ahora escribo en este espacio, gracias a que paré.
Paré. Me he regalado esta semana entera para mí. He llorado mucho, bastante, mucho-bastante y bastante-mucho-mucho. Y estoy mejor, estoy re acomodando nuevamente mi rutina, ésta que me puede o acercar a la vida o alejarme de ella.
Estos últimos meses, han sido difíciles, y si puedo describirlo en una imagen, lo veo así: «soy un barco que está virando. Uno que ha apagado motores y que simplemente se deja deja llevar por la corriente». Pero para permitir que la corriente haga lo suyo, necesito ser lo suficientemente curioso como para dejarme sorprender, sorprender por lo que vendrá, por lo que no sé qué hay, pero que traerá gran emoción. La incertidumbre de lo maravilloso.
Gracias por leerme de todo corazón, y gracias a sus cuerpos, por ofrecerles a uds la energía suficiente para llegar a este punto final.
Hasta aquí puedo escribir hoy, hasta aquí puede llegar mi energía, una que se encuentra en recuperación, una que se buscando la vida, llevando vida…
Gracias, GRACIAS

